La arquitectura sin relato

Por : Maximillian Nowotka

Durante gran parte del siglo XX, la arquitectura venezolana sostuvo un relato coherente y poderoso: el de una modernidad tropical capaz de traducir el progreso petrolero en formas, instituciones y símbolos. Ese relato -tejido entre el discurso del Estado, la praxis de los arquitectos y los medios que lo difundían- produjo un imaginario compartido de modernidad y bienestar. Sin embargo, en el tránsito hacia el siglo XXI, la arquitectura venezolana perdió su voz pública, su capacidad de narrar(se) y de ocupar un espacio simbólico en la vida cultural.


Hoy, en medio de un ecosistema fragmentado, sin bienales activas, revistas ni foros de debate sostenido, la disciplina parece transitar un territorio de decadencia y silencios, donde las obras se publican esporádicamente en redes sociales sin marco crítico ni continuidad institucional. Este ensayo propone una revisión histórica y crítica sobre la comunicación de la arquitectura en Venezuela, desde su época de esplendor moderno hasta el actual escenario de dispersión digital, estableciendo paralelos con la difusión del arte y subrayando la necesidad de reconstruir un nuevo relato arquitectónico.

La modernidad arquitectónica venezolana fue un ecosistema profundamente comunicativa. Entre las décadas de 1940 y 1970, el país vivió un proceso de modernización sin precedentes, impulsado por el auge petrolero y un Estado que vio en la arquitectura un medio para proyectar una imagen de progreso. Autores como Graziano Gasparini (1978) y Juan Pedro Posani (1982) interpretaron este fenómeno no solo como una transformación material, sino como una construcción simbólica y cultural del espacio nacional.

En ese período, la arquitectura no se entendía solo como técnica o estética, sino como discurso público. Las obras de Villanueva, Domínguez y Sanabria eran acompañadas por textos, exposiciones, publicaciones y políticas culturales que las situaban dentro de una narrativa coherente. La Ciudad Universitaria de Caracas, por ejemplo, fue tanto un proyecto arquitectónico como un manifiesto sobre la integración de las artes y la educación moderna, ampliamente difundido. La arquitectura era entonces un lenguaje compartido, capaz de narrar un país que se pensaba moderno. Ese relato, sin embargo, dependía de un ecosistema institucional robusto: ministerios, editoriales, universidades, revistas y museos. Con el colapso progresivo de esas estructuras en las últimas décadas, el relato se disolvió, dejando a la disciplina en un vacío comunicativo.

Durante los años ochenta y noventa, la Bienal Nacional de Arquitectura y los Encuentros de Arquitectura en Maracaibo y Mérida funcionaron como los principales escenarios para el debate disciplinar. En ellos convergían arquitectos, críticos y estudiantes para discutir sobre teoría, práctica y ciudad. Figuras como William Niño Araque impulsaron un discurso plural que conectaba arquitectura, arte y pensamiento urbano, buscando renovar las bases teóricas de la profesión.

Estos eventos no eran solo plataformas de exhibición, sino rituales comunicativos: espacios donde la arquitectura se discutía, se narraba, se confrontaba. Las bienales y salones permitían trazar genealogías, reconocer obras, y sobre todo, situar la práctica dentro de un marco colectivo. Sin embargo, con el declive institucional del país, la discontinuidad económica y la fragmentación académica, estas plataformas fueron desapareciendo.

Hoy, las bienales carecen de continuidad, las revistas han dejado de publicarse en su gran mayoría y los debates se trasladaron -de manera dispersa- a las redes sociales, donde la inmediatez reemplaza la crítica. Como advierte Hannia Gómez (2019), la arquitectura venezolana “se encuentra huérfana de sus instituciones, sin espacios de conversación que le den sentido ni memoria a su obra”.

El resultado es una disciplina sin relato: una arquitectura que se construye, pero no se cuenta, que se difunde como imagen pero sin discurso.

La comunicación de la arquitectura siempre ha estado vinculada a los medios de su época. En el siglo XX, la prensa impresa, las revistas especializadas y las exposiciones desempeñaron un papel central en la construcción de su imaginario. Según Beatriz Colomina (1994), la arquitectura moderna fue tanto una práctica del espacio como una práctica de la imagen: una disciplina que encontró en la fotografía y la publicación sus vehículos de legitimación.

En Venezuela, la arquitectura moderna se difundió a través de medios estatales y privados que la entendían como símbolo nacional. Gasparini, por su parte, documentó con mirada crítica esa modernidad que crecía sobre el petróleo, capturando la tensión entre progreso y desigualdad. Hoy, en cambio, la comunicación arquitectónica ha pasado a un formato digital y descentralizado, donde Instagram y las redes sociales dominan el discurso visual global. Pero esa abundancia de imágenes no equivale a conocimiento: la sobreexposición mediática ha generado lo que Hal Foster (2011) denomina una “crisis del discurso crítico”, donde la visibilidad reemplaza la reflexión.

En el caso venezolano, esta transición ha sido más dramática: el colapso institucional coincidió con la expansión de la comunicación digital, lo que dejó la difusión de la arquitectura en manos de la lógica del algoritmo: una lógica que premia la estética inmediata y penaliza la complejidad intelectual.

A diferencia de la arquitectura, el arte contemporáneo venezolano ha logrado mantener cierta visibilidad internacional, gracias a redes independientes y plataformas curatoriales que operan dentro y fuera del país. Críticos como Mónica Amor (2015) o Luis Pérez-Oramas han insistido en la necesidad de recontextualizar el arte moderno venezolano dentro de narrativas globales, evitando la pérdida de sentido histórico.

El arte, aun en condiciones adversas, ha conseguido construir relatos alternos a través de galerías, archivos digitales y proyectos independientes. La arquitectura, en cambio, parece haber quedado atrapada en una lógica de producción sin memoria ni interlocución, donde la difusión digital se limita a mostrar renders, no ideas.

Mientras el arte ha sabido repensar su discurso en clave crítica y transnacional, la arquitectura venezolana contemporánea carece de una curaduría de sí misma. No existen plataformas sistemáticas que documenten, editen y analicen su producción reciente. Los pocos proyectos que emergen lo hacen sin contexto, sin archivo y sin mediación. El resultado es un paisaje disciplinar disgregado, sin relato ni relatores.

En un sentido más amplio, la crisis del discurso arquitectónico venezolano puede leerse como una extensión del modelo extractivista que ha marcado la historia del país. Si la modernidad arquitectónica se sostuvo sobre la riqueza petrolera, su decadencia también refleja el agotamiento de ese modelo económico y cultural.

Como señala David Harvey (2005), el capitalismo avanzado produce formas espaciales que revelan su propia contradicción: ciudades sin ciudadanos, infraestructuras sin propósito, imágenes sin contenido. En Venezuela, el legado de la modernidad petrolera dejó no solo edificaciones emblemáticas, sino también vacíos simbólicos: espacios que alguna vez fueron emblemas del progreso -el 23 de Enero, la Siderúrgica del Orinoco, la Ciudad Vacacional Los Caracas- hoy se reinterpretan como ruinas del relato moderno.

La arquitectura, que antes fue una narrativa de poder, se ha vuelto testimonio de pérdida. La ruina moderna, en este contexto, no es solo material sino discursiva: la desaparición de los medios, los foros y las bienales equivale a la erosión de su memoria cultural.

En la actualidad, la arquitectura venezolana vive en un ecosistema difuso de imágenes y carente de palabras. Plataformas como Instagram, que podrían servir como archivo colectivo, han derivado en espacios de autoexposición estética donde la inmediatez reemplaza la crítica.

Koolhaas (2014) advertía que la arquitectura contemporánea se había convertido en “una industria de la imagen”, más preocupada por su fotogenia que por su pensamiento. Este fenómeno es particularmente visible en países donde las instituciones han colapsado: la red sustituye al museo, el render sustituye al plano, el post sustituye al texto.

En este panorama, la comunicación arquitectónica ha perdido su densidad. Ya no existen mediadores -críticos, editores, curadores- capaces de articular una lectura colectiva del territorio y la forma. Cada arquitecto se comunica desde su cuenta, cada obra flota en un océano de visibilidad sin contexto.

La pregunta que emerge, entonces, no es solo qué se construye, sino qué se comunica de lo que se construye, y con qué sentido.

La arquitectura venezolana atraviesa hoy una etapa de silencio discursivo. Las instituciones que alguna vez sostuvieron su relato -revistas, bienales, foros, universidades- han perdido continuidad o capacidad de convocatoria. Lo que antes fue un ecosistema intelectual vibrante se ha fragmentado en voces dispersas y publicaciones efímeras. Este vacío no es meramente institucional, sino cultural y simbólico: la pérdida del relato es la pérdida de la posibilidad de pensarse colectivamente. Sin relato, la arquitectura deja de ser cultura para volverse mera construcción.

Recuperar ese relato no implica nostalgia por el pasado, sino reconstruir las condiciones del pensamiento crítico. Implica reactivar espacios de encuentro -físicos o digitales- donde la arquitectura vuelva a discutirse como lenguaje, como política y como forma de vida. Implica, también, crear nuevos modelos curatoriales que documenten, editen y archiven lo que está ocurriendo, antes de que la desmemoria lo disuelva por completo.

En tiempos de crisis, el silencio puede ser un síntoma, pero también una oportunidad. La arquitectura venezolana, privada de sus foros tradicionales, podría reinventar su discurso desde la precariedad, encontrando en la comunicación digital responsable y crítica un nuevo territorio de sentido.
Pero para ello debe reconocerse en su propia pérdida: la arquitectura sin relato debe, primero, aprender a escucharse a sí misma.

Referencias:

Amor, M. (2015). Theories of the nonobject: Argentina, Brazil, Venezuela, 1944–1969. University of California Press.
Baudrillard, J. (1981). Simulacres et simulation. Éditions Galilée.
Colomina, B. (1994). Privacy and publicity: Modern architecture as mass media. MIT Press.
Foster, H. (2011). The art-architecture complex. Verso.
Gasparini, G. (1978). Arquitectura colonial de Venezuela. Armitano Editores.
Gómez, H. (2019). Arquitectura, memoria y pérdida en Venezuela. Fundación para la Cultura Urbana.
Harvey, D. (2005). Spaces of neoliberalization: Towards a theory of uneven geographical development. Franz Steiner Verlag.
Koolhaas, R. (2014). Elements of architecture. Taschen.
Niño Araque, W. (1998). La ciudad y su sombra. Fundación Polar.
Posani, J. P. (1982). La arquitectura en Venezuela: Una historia incompleta. Monte Ávila Editores.
Venturi, R., Scott Brown, D., & Izenour, S. (1972). Learning from Las Vegas. MIT Press.

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