Entre cuerpos y muros
Por : Maximillian Nowotka
Exhibir arquitectura hoy ya no es solo mostrar planos, maquetas, fotografías o composiciones en laminas impresas sobre paredes; es crear experiencias, narrativas y diálogos que revelen cómo pensamos, imaginamos, sentimos y nos relacionamos. La arquitectura expuesta se convierte en un laboratorio donde se despliega como proceso, idea y fenómeno social, más que como un objeto meramente terminado. Este cambio refleja la transformación de la disciplina en un contexto altamente saturado de imágenes, información y expectativas de participación, donde el visitante ya no es espectador, sino -quizás- coautor.
Desde la Revolución Industrial hasta las grandes exposiciones universales, la arquitectura se mostró como un símbolo de innovación y poder. Por ejemplo, la Torre Eiffel, concebida como una estructura temporal, funcionaba tanto como obra como un gran espectacular visual, anticipando la compleja relación entre el objeto, el contexto y la experiencia que hoy exploramos. Con el tiempo, los museos -quizás a partir de los esfuerzos del MoMA- institucionalizaron la arquitectura como objeto de contemplación, privilegiando la representación sobre la propia experiencia o vivencia sensorial. Con el paso de los años nos preguntamos ¿cómo podemos exhibir arquitectura respetando sus dimensiones corporales, sensoriales y crítica?
El paradigma contemporáneo de la exhibición arquitectónica aborda justamente esa tensión. La experiencia sensorial, la participación del visitante y la construcción de narrativas críticas se colocan al centro del discurso. Pallasma ha insistido en que la arquitectura se comprende a través del cuerpo, no solo de la vista o la visualización; Zumthor, en Atmósferas, señala que la luz, los materiales y la escala producen sensaciones integrales que configuran nuestra percepción espacial. Ambos plantean un desafío: trasladar estas cualidades al formato expositivo sin perder autenticidad y profundidad. En ese sentido, la curaduría y museografía de una exposición de arquitectura se redefine como una práctica activa y crítica.
Moneo advierte sobre la “Inquietud teórica” del arquitecto contemporáneo: la necesidad de comunicar ideas sin perder la profundidad conceptual, en la que exhibir arquitectura ya no significa únicamente mostrar un objeto, sino generar un espacio de reflexión, cuestionamiento y debate. Beatriz Colomina, en Are We Human? Notes on an Archeology of Design, amplia este horizonte, recordándonos que la arquitectura se produce y se percibe en la intersección entre lo físico y lo mediático. Mientras que Hans Ullrich Obrist y Marina Otero, por su parte, nos proponen que la curaduría crea condiciones para el diálogo, la investigación y la participación social.
En este nuevo paradigma, los recorridos expositivos se conciben como entornos que activan la percepción humana, la memoria y la propia imaginación de quienes las visitan. La arquitectura ya no se limita a ser observada; se habita, se escribe, se interpreta y se contempla con la participación de quien la experimenta. La curaduría funciona como mediadora entre la idea, la materialidad y el público, articulando experiencias que vinculan la historia, la política y la cultura. El desafío está en equilibrar espectacularidad visual con profundidad conceptual, interactividad con contemplación, evitando que la exposición se reduzca a un espectáculo puramente efímero. El valor de este enfoque radica en integrar tres dimensiones inseparables: la teoría y lo narrativo, la emoción y la experiencia y, la participación. La arquitectura exhibida debe activar la sensibilidad del visitante, generar cuestionamientos y ofrecer oportunidades de reflexión ética y social. De esta manera, la exhibición contemporánea funciona como un laboratorio, un aula y un escenario simultáneamente, donde la arquitectura se despliega como idea viva, en constante negociación entre el contexto, la materialidad y la narrativa discursiva.
La temporalidad y la transitoriedad son también elementos esenciales. La arquitectura efímera permite que la experiencia de la exposición sea ritual, participativa y relacional. La construcción, la ocupación y hasta el eventual desmontaje de una instalación temporal activa un sentido de colectividad, de memoria y de conciencia sobre la función social del espacio. En la que la propia exposición se transforma en un ejercicio de aprendizaje compartido, donde el visitante no es un receptor pasivo, sino actor y testigo. Este enfoque refleja un cambio de paradigma profundo: la arquitectura ya no se exhibe como un objeto, sino como un fenómeno que se piensa, se siente y se discute, donde los visitantes participan en la construcción de sentido, y la propia exhibición se convierte en un espacio de mediación crítica que integra procesos históricos, sociales y culturales, ampliándose más allá de la contemplación, acercándose a la idea de la arquitectura como proceso vivo sujeto a reinterpretaciones y constante transformación y diálogo.
En este sentido, las instituciones culturales y los curadores se enfrentan a un doble desafío. Deben garantizar que la arquitectura expuesta conserve su dimensión sensorial e inmersiva, mientras exploran recursos mediáticos y tecnológicos sin que estos sustituyan la experiencia directa. La arquitectura debe sentirse, imaginarse y comprenderse en toda su complejidad, y dónde la mediación tecnológica, que si bien es útil, y presenta cada vez un nuevo paradigma con la alta presencia de las redes sociales en la cotidianidad de la humanidad, no puede reemplazar la experiencia y reflexión crítica que constituyen el núcleo de la disciplina. Este nuevo paradigma no se centra en eventos, programas o actividades, su valor radica en cómo la arquitectura puede exponerse como proceso, experiencia y pensamiento crítico, sin entrar en detalles sobre formatos o medios específicos.
La arquitectura que se exhibe hoy trasciende la construcción física del espacio: se despliega como experiencia, como proceso y como narración crítica, en la que la curaduría medía entre el objeto, el público, y la cultura visual en constante transformación. Sin embargo, estas estrategias también revelan tensiones inherentes: la saturación y consumo e imágenes mediáticas y la predominancia de lo digital pueden diluir muchos de estos esfuerzos, o más bien llevarnos a repensar estas nuevas dimensiones de comunicación humana. La exposición debe negociar entre la espectacularidad y la profundidad conceptual, entre interactividad y contemplación, en la que la propia exhibición se posiciona como un laboratorio de pensamiento, donde se negocian los límites entre el arte, la ciencia, la política y la sociedad, convirtiendo la exhibición disciplinar en un acto ético, poético y político a la vez. Seleccionando, contextualizando, ralentizando y transformando la experiencia del visitante, convirtiendo cada espacio expositivo en nuevo espacio de aprendizaje, de investigación y de diálogo.
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Referencias:
Colomina, B. (2018). Are We Human? Notes on an Archeology of Design. Lars Müller Publishers.
Koolhaas, R. (2014). Fundamentals. La Biennale di Venezia.
Koolhaas, R. y AMO (2012). “Exhibiting Architecture.” OMA Research Papers, Rotterdam.
Moneo, R. (2004). Inquietud teórica y estrategia proyectual en la obra de ocho arquitectos contemporáneos. Actar.
Otero, M. (2018). The Curatorial Turn in Architecture. AA Publications.
Pallasmaa, J. (2005). The Eyes of the Skin: Architecture and the Senses. Wiley.
Zumthor, P. (2006). Atmospheres: Architectural Environments, Surrounding Objects. Birkhäuser.
Sarkis, H. (2021). How Will We Live Together? La Biennale di Venezia.
Serpentine Gallery. (2025). Annual Pavilions Archive. Serpentine Galleries.
MoMA PS1. (2025). Young Architects Program Archive. MoMA.
YAP Constructo. (2023). LatAm Projects Archive.
Obrist, H. U. (2011). A Brief History of Curating.