Spam
Arquitectura basura
Por : Maximillian Nowotka
El siglo XXI ha redefinido las formas de ver, producir y comunicar arquitectura. La imagen arquitectónica -antes mediada por revistas, editoriales o instituciones- ha sido democratizada (y distorsionada) por plataformas como Instagram, TikTok y YouTube. Este fenómeno, aunque amplía el acceso a la arquitectura, también produce una sobreexposición visual y una pérdida de profundidad crítica. En este contexto, la arquitectura se convierte en un flujo de imágenes efímeras: un spam arquitectónico que circula a gran velocidad sin contexto, sin reflexión y sin compromiso intelectual.
La comunicación de la arquitectura tiene una historia estrechamente ligada a los medios de representación y difusión. Durante el siglo XX, revistas como Domus, Architectural Review o Casabella definieron los cánones visuales y discursivos de la modernidad. Según Colomina (1994), la modernidad arquitectónica no se expandió solo a través de los edificios, sino principalmente por su mediatización. Revistas, fotografías y exposiciones -como la célebre “Modern Architecture: International Exhibition” del MoMA en 1932- crearon la narrativa del Movimiento Moderno.
La arquitectura impresa se consolidó como una forma de construcción cultural: el papel era tanto soporte como espacio de legitimación. Frampton (1980) señala que la crítica arquitectónica de mediados del siglo XX servía como mediadora entre la práctica y la teoría, ofreciendo un filtro que garantizaba la densidad intelectual del discurso. Sin embargo, con la llegada de la revolución digital en los años 90 y el auge del internet en los 2000, ese filtro comenzó a desvanecerse.
A partir de los 2000, la arquitectura empezó a migrar a lo digital. Plataformas como ArchDaily (fundada en 2008) y Dezeen (2006) transformaron la manera en que los proyectos eran presentados y consumidos. La accesibilidad y velocidad de estos portales permitieron una difusión masiva, pero también fomentaron una consumición superficial.
Koolhaas (2014) advertía que la arquitectura contemporánea estaba siendo reemplazada por “la experiencia de la arquitectura”, una estética de la inmediatez donde el edificio importa menos que su representación. Este cambio coincide con la “sociedad del espectáculo” de Debord (1967), donde la imagen suplanta a la experiencia y el valor se mide por su visibilidad.
El algoritmo se convierte en el nuevo editor. Ya no son los críticos, curadores o académicos quienes determinan qué arquitectura merece ser vista, sino los sistemas de recomendación y las métricas de interacción. El “like” sustituye a la reseña, y el scroll continuo borra la frontera entre obra y anuncio.
En la era digital, la arquitectura se ha convertido en contenido. Fotografías altamente editadas, renders hiperluminosos y videos acelerados de obras “instagrameables” circulan en un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso. Según Zuboff (2019), vivimos en una economía de la vigilancia donde cada imagen se transforma en dato, y cada dato en oportunidad de monetización. La arquitectura, atrapada en esa lógica, pierde su poder crítico para transformarse en publicidad de sí misma.
Este fenómeno genera una “arquitectura basura”, no necesariamente por su materialidad o diseño, sino por su modo de circulación. La basura aquí es simbólica: un residuo de significados, una imagen descontextualizada que se multiplica infinitamente en el espacio digital. Como apunta Baudrillard (1981), el simulacro reemplaza a la realidad, y la imagen arquitectónica se convierte en un signo que ya no remite a un edificio, sino a su potencial viral.
Los nuevos formatos de comunicación arquitectónica -videos en drones, reels, podcasts, renders animados- reconfiguran la relación entre público y disciplina. Si bien estas herramientas democratizan la difusión, también consolidan una cultura de consumo acelerado. Plataformas como Instagram o TikTok presentan fragmentos de arquitectura que deben captar la atención en segundos, reduciendo complejidades espaciales a gestos visuales.
Frente a esto, algunos arquitectos y colectivos han explorado la auto-representación crítica. Prácticas como las de Andrés Jaque y su Office for Political Innovation o el colectivo Forensic Architecture usan el espacio digital para construir narrativas políticas, ecológicas o sociales, resistiendo la lógica del espectáculo. Sin embargo, estos casos son excepcionales frente al tsunami de imágenes sin discurso.
Easterling (2014) describe este nuevo entorno como un “medio espacial” en el que la infraestructura invisible -los flujos de información y capital- define el espacio más que la forma física. La arquitectura que no se adapta a esta lógica queda marginada del relato dominante, lo que evidencia cómo la visibilidad se convierte en poder.
La figura del crítico de arquitectura ha sido reemplazada, en gran medida, por la del content creator. Mientras que en el siglo XX la crítica mediaba entre práctica y teoría, hoy la visibilidad depende de la engagement rate. La arquitectura se mide por su capacidad de generar clics, y las oficinas compiten por atención en lugar de por relevancia cultural.
Harvey (2000) advertía que la lógica del neoliberalismo tiende a transformar todas las formas culturales en mercancía. En este sentido, el arquitecto del siglo XXI es también un gestor de marca, un curador de su propio perfil digital. Las oficinas de arquitectura producen tanto contenido como proyectos, y la identidad visual se convierte en una herramienta de posicionamiento.
Los concursos y premios, antes espacios de discusión disciplinar, también han sido absorbidos por esta lógica mediática. La distinción entre difusión y propaganda se vuelve difusa. El resultado es una arquitectura que comunica mucho, pero dice poco.
Ante este panorama, es urgente reimaginar las formas de comunicar arquitectura. No se trata de rechazar las redes sociales, sino de repolitizarlas. La crítica arquitectónica debe habitar el espacio digital con estrategias que recuperen la profundidad discursiva. Esto implica crear plataformas que valoren el contexto, la ética y la experiencia sobre la mera estética.
Beatriz Colomina (2010) sostiene que la arquitectura siempre ha sido un medio de comunicación, pero advierte que en la era digital el medio ha devorado al mensaje. El desafío contemporáneo consiste en reapropiarse de ese medio y restituir la capacidad de la arquitectura para generar conocimiento, no solo visibilidad.
Los espacios académicos y editoriales deben fomentar formatos híbridos: publicaciones digitales con curaduría crítica, archivos interactivos y proyectos de investigación abiertos que integren texto, imagen y sonido sin sacrificar la reflexión. La arquitectura debe dejar de producir spam para volver a producir sentido.
La arquitectura del siglo XXI enfrenta una paradoja: nunca ha sido tan visible y, sin embargo, tan superficial. En el torrente informativo de las redes, la disciplina corre el riesgo de convertirse en ruido. “SPAM” es el síntoma de una arquitectura que ha cedido su discurso a la lógica del algoritmo y que confunde comunicación con autopromoción.
El reto no está en negar el espacio digital, sino en reconstruir la crítica desde dentro de él. Así como las revistas del siglo XX fueron el escenario donde se forjó la modernidad arquitectónica, las plataformas del siglo XXI deben convertirse en lugares de resistencia discursiva. Comunicar arquitectura no debe ser un acto de consumo, sino de pensamiento.
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Referencias:
Baudrillard, J. (1981). Simulacres et simulation. Paris: Galilée.
Colomina, B. (1994). Privacy and publicity: Modern architecture as mass media. MIT Press.
Colomina, B. (2010). Media as Modern Architecture. In Log 20 (pp. 7–25). Anyone Corporation.
Debord, G. (1967). La société du spectacle. Buchet-Chastel.
Easterling, K. (2014). Extrastatecraft: The power of infrastructure space. Verso.
Frampton, K. (1980). Modern architecture: A critical history. Thames & Hudson.
Harvey, D. (2000). Spaces of hope. University of California Press.
Koolhaas, R. (2014). Elements of architecture. Taschen.
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism. PublicAffairs.