Petróleo

Arquitecturas del poder

Por : Maximillian Nowotka

La arquitectura petrolera representa uno de los capítulos más elocuentes y contradictorios de la modernidad. Desde inicios del siglo XX, la extracción de hidrocarburos transformó vastos territorios en enclaves industriales, configurando nuevas formas urbanas, infraestructuras y modos de vida que marcaron profundamente el paisaje y la cultura arquitectónica global. Este texto examina críticamente la evolución y el legado de la arquitectura petrolera, con especial énfasis en los asentamientos desarrollados por las transnacionales en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, Venezuela. A partir de una lectura comparativa con otros territorios extractivos -como el Golfo Pérsico, Texas o el Golfo de Guinea- se analiza la relación entre arquitectura, capital y extractivismo, cuestionando las implicaciones socioespaciales y ambientales de esta modernidad industrial. Se propone entender la arquitectura petrolera como un fenómeno de poder territorial, de producción simbólica y de obsolescencia programada.

Pocas materias han tenido tanto impacto sobre el espacio construido como el petróleo. Más allá de su función como fuente energética, el petróleo ha sido un agente arquitectónico: ha modelado ciudades, infraestructuras, tipologías habitacionales y paisajes culturales. Desde los campos de extracción en Arabia Saudita hasta los suburbios norteamericanos dependientes del automóvil, el petróleo se convirtió en el verdadero combustible de la modernidad arquitectónica del siglo XX (Gissen, 2019).

En Venezuela, la arquitectura petrolera tuvo un papel protagónico en la consolidación de una identidad moderna asociada al progreso y la industrialización. Sin embargo, esta modernidad fue, en gran medida, importada y extractiva: las compañías transnacionales impusieron modelos espaciales, urbanos y sociales propios de sus países de origen. En el caso del Lago de Maracaibo, este proceso dejó una huella indeleble: una geografía de campos petroleros, viviendas estandarizadas y enclaves corporativos que funcionaban como microcosmos del capitalismo global.

A inicios del siglo XX, tras la concesión de vastos territorios a compañías extranjeras, la Costa Oriental del Lago se transformó rápidamente en una región de extracción intensiva. Empresas como Shell, Creole Petroleum (filial de Standard Oil) y Gulf Oil establecieron campamentos para sus trabajadores, introduciendo un urbanismo segregado que reflejaba tanto la jerarquía laboral como la división colonial del poder (Coronil, 1997).

Estos campamentos petroleros eran ciudades privadas: cerradas, autosuficientes y gobernadas por las compañías. Las viviendas se organizaban según el rango del trabajador: en las zonas altas, casas de madera ventiladas y con jardines para los ingenieros extranjeros; en las zonas bajas, barracas o viviendas mínimas para los obreros locales (López, 2012). La arquitectura reproducía así una estructura social rígida y profundamente desigual.

A nivel formal, las construcciones respondían a los modelos del trópico industrial: estructuras ligeras, techos inclinados de zinc, pilotes para ventilación y una racionalidad funcional derivada de la eficiencia más que del sentido de lugar. Sin embargo, su organización espacial -cercas, accesos restringidos, clubes sociales y “company stores”- evidenciaba una arquitectura del control.

Durante las décadas de 1940 y 1950, con la nacionalización parcial del sector y la expansión de los ingresos petroleros, las transnacionales comenzaron a desarrollar proyectos de mayor envergadura y complejidad. La Shell de Venezuela, por ejemplo, construyó instalaciones administrativas, hospitales, escuelas y clubes bajo el ideario del corporate modernism: un lenguaje arquitectónico internacional, racionalista y funcional que buscaba representar eficiencia y modernidad (Fitch, 1990).

Estas arquitecturas introdujeron en Venezuela las formas del estilo internacional: estructuras de concreto armado, fachadas moduladas, celosías tropicales y amplios voladizos. Sin embargo, su inserción territorial fue disonante: mientras la imagen corporativa se alineaba con la estética global de la modernidad, el contexto local -ambiental, cultural y social- quedaba subsumido bajo el signo del petróleo.
El Lago de Maracaibo, convertido en un laboratorio industrial flotante, condensaba esta contradicción: torres metálicas emergiendo del agua, oleoductos atravesando manglares, flare stacks encendidos día y noche componiendo una nueva forma de sublime industrial (Gandy, 2003).

El desarrollo urbano de la Costa Oriental del Lago -en especial ciudades como Cabimas, Lagunillas, Bachaquero o Tía Juana- estuvo estrechamente vinculado al crecimiento de la industria. Los asentamientos informales que surgieron en torno a los campamentos reflejaban el deseo de los trabajadores locales por acceder a los beneficios del petróleo. Con el tiempo, estos enclaves se convirtieron en núcleos urbanos híbridos, donde coexistían las trazas planificadas por las compañías y los tejidos espontáneos de la población desplazada (Acosta, 2008).

La arquitectura del petróleo, en este sentido, no solo configuró el paisaje físico, sino también una forma de urbanismo dependiente, basado en la lógica de la infraestructura extractiva: carreteras diseñadas para el transporte de crudo, muelles para exportación, redes eléctricas y de agua subordinadas al ritmo de la producción.
Cuando los campos comenzaron a declinar, estas infraestructuras se transformaron en ruinas contemporáneas: paisajes del abandono que aún hoy marcan la geografía del Zulia.

El caso venezolano no es aislado. En todo el mundo, la arquitectura petrolera ha producido territorios de excepción. En el Golfo Pérsico, por ejemplo, ciudades como Dhahran (fundada por Aramco) o Doha evolucionaron de campamentos industriales a metrópolis globales, sostenidas por una economía basada en la renta energética. En Nigeria, la cuenca del Níger reproduce una historia similar de extracción, contaminación y desigualdad, donde las compañías petroleras moldearon tanto la economía como la ecología del territorio (Watts, 2008).

En todos estos casos, la arquitectura se convierte en instrumento del extractivismo global: un sistema que transforma el territorio en recurso y el paisaje en infraestructura. Como señala Gudynas (2013), el extractivismo no es solo una práctica económica, sino una forma cultural y política de relación con la naturaleza, caracterizada por la apropiación intensiva y la externalización del daño.
La arquitectura, al materializar este sistema, se vuelve cómplice y testigo de sus contradicciones: edifica el poder, pero también su decadencia.

Hoy, muchas de las infraestructuras y viviendas de la era dorada del petróleo en el Lago de Maracaibo permanecen en ruinas: torres corroídas, galpones vacíos, barrios hundidos por el colapso del subsuelo. Estas ruinas son más que residuos materiales: son archivos espaciales de la modernidad extractiva.
Como plantea Shannon Mattern (2018), la infraestructura no desaparece, sino que muta en un estrato de memoria. La ruina petrolera, por tanto, representa el colapso de una narrativa de progreso basada en la energía fósil.

Sin embargo, también son espacios de posibilidad. Algunos proyectos recientes han explorado la reutilización crítica de estos emplazamientos, imaginando nuevas ecologías urbanas post-petroleras. En Noruega, por ejemplo, antiguos muelles petroleros se transforman en centros culturales; en el Caribe, se estudian estrategias de restauración ecológica para zonas industriales abandonadas. En Venezuela, aunque la crisis económica ha paralizado gran parte de estas iniciativas, la memoria arquitectónica del petróleo podría servir como punto de partida para repensar una modernidad sustentable y contextual.

El análisis de la arquitectura petrolera obliga a reconsiderar la relación entre arquitectura y energía. La modernidad no puede entenderse sin el petróleo, pero el siglo XXI exige superar esa dependencia. La arquitectura del futuro no puede seguir repitiendo los esquemas del extractivismo -ya sea mediante megaproyectos, urbanizaciones cerradas o infraestructuras de consumo masivo-.

Una lectura crítica contemporánea de la arquitectura petrolera implica reconocer su ambigüedad: fue, al mismo tiempo, instrumento de colonización y de modernización; espacio de control y de posibilidad. Entender sus formas, sus trazas y sus residuos es fundamental para imaginar nuevas éticas del territorio. Como sugiere Latour (2018), “no vivimos en la modernidad, sino en su ruina”: y en esas ruinas, quizá, resida la oportunidad de un pensamiento arquitectónico más consciente del límite, del territorio y de la energía que lo sostiene.

La arquitectura petrolera es una arquitectura de poder, diseñada para sostener una economía fósil que definió el siglo XX. En el Lago de Maracaibo, sus huellas permanecen como testimonio de una modernidad dependiente y como advertencia frente a los costos territoriales del progreso. Analizarla críticamente permite entender cómo la arquitectura ha servido no solo para construir espacios, sino para naturalizar relaciones de dominio y extracción.
Hoy, cuando el planeta enfrenta una crisis energética y climática, volver la mirada hacia esos paisajes industriales no es un ejercicio nostálgico, sino una urgencia disciplinar. La arquitectura del futuro deberá aprender de las ruinas del petróleo para no repetir su destino.

Referencias:

Acosta, J. (2008). Urbanismo y petróleo en el Zulia: historia y transformaciones del territorio energético. Universidad del Zulia.

Coronil, F. (1997). The Magical State: Nature, Money, and Modernity in Venezuela. University of Chicago Press.

Fitch, J. (1990). Architecture and the Changing World Economy. Van Nostrand Reinhold.

Gandy, M. (2003). Concrete and Clay: Reworking Nature in New York City. MIT Press.

Gissen, D. (2019). Subnature: Architecture’s Other Environments. Princeton Architectural Press.

Gudynas, E. (2013). Extracciones, extractivismos y extrahecciones: Un marco conceptual sobre la apropiación de la naturaleza. CLAES.

Latour, B. (2018). Down to Earth: Politics in the New Climatic Regime. Polity Press.

López, M. (2012). Campamentos petroleros y segregación espacial en el occidente venezolano (1920-1960). Universidad Simón Bolívar.

Mattern, S. (2018). Code and Clay, Data and Dirt: Five Thousand Years of Urban Media. University of Minnesota Press.

Watts, M. (2008). Petro-States and the Political Ecology of Oil. In R. Bridge & P. Le Billon (Eds.), Oil (pp. 189–210). Polity Press.

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